Para no perder la buena costumbre, aquí me hallo con mi segunda entrada. Como comenté en la primera entrada, no sólo voy a escribir sobre cocina, en este blog hay cabida para todo tipo de temas: desde temas cursis como cosas de bebés, a cosas más profundas como el sexo de los ángeles, jajajaja.
Bueno, aquí viene una reseña (no sé como llamarlo si no) sobre una película que vi hace muy poco y que me gustó muchísimo. Os la dejo para que, si les entra el gusanillo, la veáis. Ale!
Dirección: Zach Braff
E.E.U.U. 2004
Un film muy poco americano, o por lo menos muy poco comercialmente americano, escrito, dirigido y protagonizado por Zach Braff. Nos muestra en este film un canto a la vida, eso sí, un canto a esas vidas de personajes secundarios, personajes que normalmente no son los protagonistas ni de sus propias vidas.
Mientras disfrutamos de un buen comienzo vamos observando una historia muy sencilla: un chico poco sociable y atiborrado a litio vuelve a casa después de mucho tiempo para enterrar a una madre que él mismo dejó en silla de ruedas cuando era pequeño. ¿Tragedia? para nada, en este film no hay cabida para lo trágico. Desde ese momento vemos la relación tan fría que mantiene con su padre, sin embargo, no nos sentimos en la necesidad de posicionarnos entre uno u otro.
El chico entierra a su madre, se reencuentra con sus amigos de la infancia, y durante un rato pensamos "aquí no pasa nada", hasta que aparece una joven Natalie Portman, como chica también rara, pero muy risueña, llena de vida y con un casco en forma de tortuga. La historia de los dos protagonistas nos cautiva desde el primer momento, aludiendo a aquellos tonteos adolescentes, donde había más ingenuidad, cosquillas e ilusión que otra cosa.


